La noche cae a nuestro alrededor rápidamente. Apenas hay tiempo de montar el campamento entre las rocas que ha encontrado el guía hace apenas media hora. Tras, la ya casi rutinaria, comprobación de que no hay serpientes ni otros animales peligrosos, el guía, el conductor, el cocinero y dos más hemos montando apresuradamente nuestro nómada hogar durante los próximos días.
Hoy ha sido un día largo a través de la sabana africana. Y, como los otros dos que llevamos perdidos en estas tierras, no ha estado exento de emociones. No se la cantidad de fotos que he podido hacer, y ya estoy lamentando no tener un par de baterías más, pues sé que me harán falta antes de que acabe este viaje.
Incluso ahora, con la fresca noche comenzando, la sabana está llena de vida, de ruidos de animales que a uno le cuesta imaginar, envueltos en una lucha por la vida y la supervivencia que nunca termina, y en la que un descuido, cuesta muy caro.
Miro hacia la oscuridad que se levanta más allá del fuego de nuestro campamento, y puede que inconscientemente, me adentro entre la hierba que nos rodea. Apenas he recorrido unos metros cuando me cruzo con el cocinero.
- Beware, nyoka, nyoka -
Asiento con la cabeza, me intenta avisar de que, seguramente, haya serpientes entre la hierba, y piensa que voy a hacer lo mismo que ha hecho él unos metros más allá, pero yo me adentro un poco más en lo desconocido.
La luna ilumina mi camino como si fuera de día, y no tengo problemas para encontrar un sendero abierto por los animales que serpentea colina abajo. Al girar una gran roca el ruido de una cascada me guía hasta una poza natural. Salgo del pequeño sendero y me acomodo en una roca, con la espalda apoyada en un árbol. Africa me rodea y su energía me inunda.
Mis sentidos están alerta, soy consciente de que muchos animales acudirán a la poza y al río a beber ahora que el sofocante calor del día ha desaparecido, y también se que ya no estoy en lo alto de la cadena alimenticia.Pero esa sensación hace que mi corazón lata con más fuerza, me hace más consciente de mi propia existencia y que la disfrute aún más.
Mi olfato detecta cientos de olores nuevos y desconocidos, mi vista se agudiza para detecar cualquier movimiento, la piel se me eriza con el contacto del aire, mis oidos comienzan a identificar los diferentes sonidos que me rodean.
No tengo que esperar mucho antes de que la hierba que hay frente a mi, al otro lado de la poza, se abra y una esbelta jirafa se aproxime elegantemente. Sigo la línea de su largo cuello mientras se agacha, temerosa, sin dejar de mirar a su alrdedor, para beber.
Un chapoteo la asusta y desaparece rápidamente de mi vista. Fijo mi mirada en el agua, esperando encontrar algún otro animal. Y entonces es cuando la veo.
Está nadando desnuda en mitad de la poza, despreocupadamente, su pelo formando una pequeña estela tras ella. Contemplo su espalda, sus muslos y gluteos apareciendo ritmicamente por la superficie del agua. Me preguntaría qué hace alli, sola, nadando desnuda, pero la respuesta es obvia y la visión de su cuerpo no me deja pensar demasiado.
Se para cerca de una orilla y comienza a chapotear divertida en el agua. Sus senos aparecen ante mi cuando ella salta y se deja caer hacia atrás. Y es en ese momento, cuando su risa se ahoga al sumergirse, cuando escucho un leve gruñido que se acerca hacia el agua. Apenas veo una sombra aproximándose y, sin pensarlo, me muevo hacia la poza, hacia donde esta ella. Pero no llego a tiempo.
Cuando sale para respirar y aparta el pelo de su cara se encuentra frente a frente con el león. Un ejemplar enorme, majestuoso, sus músculos perfilándose a través de la piel son visibles incluso a la pálida luz de la luna, su melena agitada por la suave brisa nocturna, sus ojos fijos en ella.
Apenas les separan tres metros, pero no cabe duda de que, si quisiera, el león saltaría esa distancia sin dificultad. Me muevo con cautela, casi sin hacer ruido, pero rápidamente. El agua es cálida, apenas la siento. Toda mi atención esta fija en ellos. Mujer y bestia se contemplan. El león olfatea el aire, ya me ha detectado, ella no.
- No te muevas, no grites - le susurro a su espalda. Ella ni siquiera da muestras de haberme escuchado o reconocido. No es miedo lo que la paraliza, es fascinación por esa criatura sublime que tenemos enfrente.
El león da un paso y una de sus enormes zarpas entra en el agua. Aprovecho para interponerme entre su línea de visión. Ella se pega a mi espalda y puedo sentir sus manos en mi cintura, sus pechos se pegan a mi.
El león fija su mirada en mi y siento como todos los músculos de mi cuerpo se tensan. Nos estudiamos, él se pregunta qué soy, yo le mantengo la mirada. Un gruñido sale de lo más profundo de su pecho, un sonido bajo que hace que el aire entre nosotros vibre. Hincho los pulmones y le imito, ella se aparta un poco de mi, tan sorprendida como yo por mi reacción.
El león parece comprender y, sin dejar de mirarme, baja su majestuosa cabeza y bebe unos sorbos de agua. Tras unos segundos que parecen interminables se incorpora y, tras una última mirada, se da la vuelta olvidandonos por completo y desaparece entre la hierba.
Sólo cuando dejo de verle vuelvo a respirar, no era consciente de que no lo hacia.
Me giro sobre mi mismo y comienzo a hablar.
- Estas loca... podriamos... -
Mis palabras enmudecen, mis reproches se ahogan.
Si antes me capturó el león con su mirada, ahora soy prisionero de sus ojos.
Sus ojos brillan con luz propia, su respiración agitada altera el agua a su alrededor y sus pechos aparecen brevemente, sus pezones erectos. El calor de su cuerpo me envuelve y un escalofrio recorre mi columna cuando me rodea con sus brazos y aproxima sus labios a los mios.
Apenas nos rozamos, nuestras lenguas se buscan, timidas, pero rápidamente me atrae hacia si, cubro su boca con mis labios y su lengua busca la mia, ansiosa.
Pega su cuerpo a mi y gime de placer mientras la rodeo con mis brazos. Beso su cuello y mi lengua lo recorre hacia arriba hasta perderse en su oreja. Ella deja escapar un gemido de placer.
Nos separamos un instante y nos miramos a los ojos... todo ha desaparecido, los animales, los ruidos, el peligro... sólo existe ella y la anhelante petición en sus labios entreabiertos.
Tiro de la nuca de mi camiseta y ella me ayuda a sacarmela del todo. Nuestros pechos se juntan cuando se abalanza sobre mi para volver a besarme, su manos comienzan a bajar por mi vientre, buscan el cierre del cinturón y comienza a luchar contra él mientras mis labios bajan por su pecho. Capturo un pezón cuando ella me suelta el pantalón y casi arranca mi ropa interior. Recorre mi sexo con su mano, yo intento pasar a su otro seno pero sabe cómo hacerme gozar con sus dedos recorriendome y su otra mano guia mi cara hasta la suya. Volvemos a besarnos mientras la atraigo hacia mi, ella abre las piernas y yo la levanto por los gluteos.
No es necesario decir ni hacer nada. Me deslizo en su interior de un golpe, su calor me recuerda a un horno y su grito de placer me confirma que lo deseaba tanto como yo.
Comienza a moverse en círculos, haciendo que su clítoris roze mi pubis y, ayudada por mis movimientos, nuestros sexos se acoplan perfectamente. La sostengo por la cintura y ella tiene todo el cuerpo fuera del agua. Hemos perdido completamente la razón. Me besa, muerde mi cuello, mis hombros, araña mi espalda. Mis labios recorren su cuerpo mientras aumentamos el ritmo de nuestras caderas. Nuestros gritos y gemidos de placer se unen a los del resto de animales que pueblan la noche.
Ella se deja caer hacia atrás, sus movimientos son más rápidos, más profundos. El agua recorre su cuerpo, rodea sus pechos, perfila su vientre, humedece su sexo.No creo que pueda soportarlo mucho más y justo cuando siento que voy a estallar, ella me aprieta con sus músculos internos y su cabeza sale despedida hacia atrás, todo su cuerpo en tensión. Ella se derrama sobre mi y yo la correspondo estallando en su interior.
Mis piernas no nos sostienen más y apenas me quedan fuerzas para atraerla hacia mi y caer en el agua abrazados. Nos quedamos asi, arrodillados en la arena del fondo, entrelazados, dejando que las últimas convulsiones de nuestro orgasmo se disuelvan en las cálidas aguas iluminadas por la luna.
Minutos más tarde volvemos al campamento. El guia nos echa una mirada reprobatoria y murmura algo en su idioma que no necesita traducción. Ella entra en la tienda y yo me vuelvo para contemplar la noche africana una vez más.
Un rugido atraviesa la noche, no es un rugido amenzador ni agresivo, es una llamada, una respuesta primigenia a la energia que recorre la sabana. Otro rugido le contesta no muy lejos, cargado de intención.
Sí, desde luego el león y yo nos entendimos perfectamente y sabíamos qué buscábamos esa noche.
- ¿ Vienes ? -
Afortunadamente, aún queda mucha noche...
